— mayo 4, 2021 a las 2:55 pm

Marco Avilés: « Cuando estamos frente a un escenario de crisis, hay una tendencia a responsabilizar a los pobres de problemas estructurales y sistémicos »

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Gran Angular conversó con Marco Avilés, periodista y escritor especializado en temas de racismo y discriminación, para conocer cómo se ha manifestado este fenómenos en el desarrollo de la campaña electoral 2021. El escritor señala que todavía persiste un racismo estructural que, doscientos años después de nuestra independencia, todavía influye directamente en la escasa representatividad étnica en nuestras instituciones políticas.

Por Marilyn Céspedes

P. Cuando hablamos de racismo podemos abordar este término desde distintas dimensiones, ¿cómo lo definirías tú?
R.
Lo complejo del racismo es graficarlo y exponerlo. El racismo es esta dinámica violenta basada en la opresión y explotación de personas racializadas como inferiores. Es un sistema que beneficia a personas y a un sistema “blanco”, no entendido como un color de piel, sino como el color del poder. Originalmente este término ha estado asociado a la colonización y colonizadores europeos y actualmente, a quienes ejercen el poder en este sistema de capitalismo neoliberal.

P. ¿Cómo luchar contra ese discurso que nuestra misma clase política sigue perpetuando y que no necesariamente es representativa?
R. En el Perú se siguen arrastrando esas dinámicas y estructuras antiguas. En lugar de acabar con el racismo y este sistema de castas, la república ha reforzado estas características del país. El racismo es un problema que, en parte, se origina en la colonización, pero es en los doscientos años de república que nuestro racismo florece de una manera espectacular. Lo vemos en la actual campaña electoral con el racismo que surge alrededor de la candidatura de Pedro Castillo. De cara al bicentenario, esta candidatura nos muestra que es urgente discutir de racismo en una dimensión política porque por sí solo no va a desaparecer. Es necesarios intervención política, del Estado y de la sociedad civil. El racismo tiene esa dimensión catastrófica y lo que lo hace más terrible es que lo disculpamos, lo normalizamos y lo negamos.

P. Vemos también en esta campaña electoral connotaciones racistas y clasistas, ¿por qué es tan difícil validar y respetar este tipo de opciones que aparentemente son disidentes a las de Lima?
R. Estaba pensando en la serie “El último bastión” que hace una representación caricaturesca de Lima como si fuera una isla ensimismada y encerrada. Y no me refiero a Lima como departamento, sino a la “Lima moderna”, esa parte que vive de cara a su propio ombligo. Lo peligroso de esa mirada lo estamos viendo en los resultados de las elecciones, en donde se niega la posibilidad de establecer cualquier diálogo y, en cambio, se promueve una campaña de propaganda en contra del dialogo y la democracia. Todas esas figuras que salen a decir que el peruano es un bruto que elige al comunismo, lo que en verdad están diciendo es cállense y voten por esta opción y sigamos como hemos estado en los últimos treinta años, en este piloto automático neoliberal. Eso me parece violento.

P. El discurso que se está manejando en la campaña electoral desde el fujimorismo es: “hay que salvar el país”, pero este discurso tiene muchas aristas porque divide a la ciudadanía entre “buenos y malos” o “responsables y culpables”. Y esto es peligroso en un país en donde prevalece el racismo y donde se tiende a culpar a los grupos más vulnerables de todo lo malo que pasa en el país….
R. Es un clásico en nuestra vida republicana. Cuando estamos frente a un escenario de crisis como el actual, aparece muy clara la tendencia a responsabilizar a los pobres de problemas estructurales y sistémicos. Hay un problema innegable con el modelo económico y político, pero en lugar de prestarle atención a ver cómo se resuelve, hay una campaña de propaganda brutal en contra de enemigos imaginarios que, penosamente, son los mismos peruanos. Son discursos que dividen y que en este momento los líderes de opinión no están o no quieren prestarle atención a esa violencia que están ejerciendo con esa propaganda. En lugar de enfrentar el problema, responsabilizamos a la gente. No atender los problemas del modelo económico y político es poner una bomba de tiempo.

P. ¿Qué tanto influye la prensa en seguir perpetuando imaginarios racistas y que hasta cierto punto lo normalizan? Por ejemplo, Beto Ortiz salió vestido con un traje típico de Cajamarca en un programa periodístico, ¿cómo influye que esos estereotipos se sigan perpetuando en televisión nacional?
R. Es un ejemplo de cómo el racismo en lugar de desaparecer, más bien se expande, transforma y crece. Antes hablábamos de Jorge Benavides con sus personajes como el Negro Mama y la Paisana Jacinta como el centro del racismo en la televisión, pero ahora vemos cómo eso se está expandiendo hacia otros espacios. Esa es una consecuencia clara de cómo ante la inacción, la falta de políticas antirracistas, este problema continua creciendo. Lo vemos también en la política con candidatos como Rafael López Aliaga y Hernando de Sato, que pueden tener declaraciones lamentables, pero son estos personajes que cuando tienen poder las convierten en políticas públicas. Ese racismo estrafalario se convierte en asignación de presupuestos y demás, y es parte de la represión en el país.

P. Por otro lado, cuando hay conflictos sociales se tilda a los protestantes de “resentidos sociales” y aparece el discurso de que hay un “enemigo étnico” al que hay que responsabilizar…
R. En el caso de Brasil, el enemigo étnico fue parte de un proyecto económico. Desde que Bolsonaro fue diputado tuvo un discurso anti indígena que señalaba que los indígenas ocupaban territorios llenos de riqueza que el país no puede aprovechar. Cuando llega al poder, Bolsonaro ejecuta un plan de gobierno que les quita las tierras a los indígenas para industrializar al país. En el Perú estos discursos étnicos también están asociados a planes económicos. Hay cosas que consideramos muy normales como que Lima tenga el 30% de la población y eso es de una película de terror porque en un país tan grande como el nuestro que la tercera parte esté en una sola ciudad revela un fracaso en donde la mayor cantidad de oportunidades, servicios públicos, hospitales están en Lima y no están disponibles para todo el país. El modelo de desarrollo para muchas familias implica desarraigarse, si vives en una comunidad indígena en la selva, para poder progresar y tener éxito económico lo que te plantea el modelo es que salgas de allí porque no tienes esas oportunidades.

P. ¿Una consecuencia de que el modelo neoliberal no haya funcionado podría haber sido el surgimiento de la candidatura de Pedro Castillo?
R. Creo que muchas personas han estado buscando respuestas para sus urgencias en esta candidatura. Los peruanos van a tener que elegir lo que estas candidaturas encarnan. Esto va más allá incluso de cuántas personas creen en el proyecto político de Pedro Castillo, porque se debe prestar atención a la manera en que una candidatura como esta va a dialogar con personas que tienen pregunta y necesidades urgentes. Por otro lado, si tienes a Keiko Fujimori con todo el apoyo que ella tiene del establishment, lo que ella está diciendo es que continuemos así. ¿Cuánta gente quiere continuar así, como si nada sucediera?
A mí me parece que la simplificación de la campaña entre buenos y malos o comunismo y continuar con el modelo es penosa, además de irresponsable y son los medios, los canales de televisión los noticieros quienes fomentan esta dualidad. Más bien pone entre las cuerdas a la gente y a ambas candidaturas. Ahí el tema del racismo y la forma “limeño moderno” de pensar el país es gravitante porque el limeño no dialoga ni con el indio ni con el afroperuano ni con la comunidad LGBTI. EL limeño moderno impone y eso es muy peligroso.

P. ¿Estamos volviendo a ese mismo discurso “del cholo sagrado”, o notas algo diferente en el discurso de Pedro Castillo?
R. Hay varias diferencias, Toledo, como cholo que se educa en el extranjero, y viene con toda la simbología de Pachacútec y además, simbolizó la salida que la gente necesitaba a la asfixia del fujimorismo. En el caso de Castillo, él no viene del extranjero, es un profesor del SUTEP, campesino de lo que se conoce como “Perú profundo”, y me parece interesante que él no tenga que recurrir a la simbología de Pachacútec. No se trata solo de las identidades, aquí están de por medio modelos económicos, que era continuar con el neoliberalismo, centralismo y con una estructura que no beneficia a las personas más pobres.
Una de las dificultades con Castillo es discutir su plan de gobierno porque en las redes sociales lo llaman “un indio que no piensa”. Por otro lado, dicen que es comunista y se lo asocia con Venezuela (…). Con esos mensajes no se puede discutir un plan de gobierno porque estamos discutiendo en suposiciones que dice que nos vamos a convertir en Venezuela. Es penoso que la gente diga eso porque revela que hay un desconocimiento de la pobreza que existe en el Perú.

P. Ahora que estamos en el año del Bicentenario, ¿cómo evalúas tú la representatividad política que han tenido los cholos, indígenas y otros grupos racializados en nuestras instituciones públicas?
R. Hay cosas que han ido mejorando con el tiempo y con el acceso a la educación. Hemos visto gabinetes de ministros algunos más diversos que otros, pero todavía estamos en la época de “los primeros”. Me acuerdo cuando Paulina Arpasi entró al Congreso y fue “la primera congresista indígena”. Muchos de estos avances no responden a políticas y a transformaciones estructurales, sino más bien a esfuerzos individuales. Lo que se ha visto en el Congreso, durante la última campaña es la elitización de la política que impide que peruanas y peruanos de pueblos indígenas entren al Congreso de manera más activa. Es difícil no porque haya una prohibición que diga que los indígenas no pueden entrar, pero las reglas del juego se nutren de ideas racistas que en política van relegando a personas a través de muchos mecanismos. Por ejemplo, en el caso de la candidata trans indígena Gahela Cari a la que se le asignó el número 13 para postular al Congreso. Ahí uno se pregunta, ¿por qué el 13 y no los primeros números? Mientras que otros candidatos con Adriana Tudela y Alejandro Cavero la tienen mucho más fácil para entrar. Aquí no solo está en juego el color de la piel, sino cómo las ideas racistas van implementándose en la política para relegar a unos y beneficiar a otros. Todos los partidos políticos tienen que asumir que es necesario hacer más en el tema de la representación.

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