— julio 20, 2016 a las 4:09 pm

Vivir en el río de los lamentos

Por
san francisco

uno de los asentamientos humanos del empobrecido distrito de Belén, que tiene en total alrededor de 75 685 habitantes, según cifras del INEI. El 70% de esta población vive en extrema pobreza.

En Belén no se puede correr. Hay un río que te obliga a nadar para seguir a flote. Las aguas marrones del Itaya discurren por espacios que deberían ser calles. En vez de carros hay canoas. En vez de niños que empiezan a vivir, hay pequeños malabaristas que cruzan andamios y precoces navegantes que retan los caudales. Los 75 685 habitantes registrados por el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) saben bien que aquí  hay que aprender rápido a no caer. Pero, muchas veces, eso es imposible.

Escribe Claudia Blanco Pancorbo

En el centro poblado San Francisco, en una de las zonas siempre inundadas del distrito más pobre de la provincia de Maynas, en Iquitos, Sonia Panduro (43) revive su tragedia repetida: no perdió uno sino dos hijos tragados por un río que no da tregua. “Hace 24 años yo perdí a una hija de seis años. Se cayó al río y murió ahogada. No pude salvarla porque no sabía cómo darle los primeros auxilios. Fue muy desesperante. Parecía que me iba a volver loca de dolor”, me dice una mujer que a pesar del tiempo transcurrido aún se quiebra al recordar que aquella vez perdió, además de una hija, a un esposo que no supo acompañarla, que la dejó.

a orillas del itaya

Ahora Sonia tiene seis hijos vivos y dos recuerdos lacerantes, pues a la tragedia de perder a su hija Evelyn, tuvo que sumarle otro mazazo hace siete años. “Yo pensé que algo así no podía pasarme otra vez, pero sucedió. Mi hijo de dos años se ahogó y tampoco pude hacer nada para evitarlo. El dolor fue peor que la primera vez. Ahora he aprendido. Unos voluntarios de la ONG Operación Bendición nos han enseñado primeros auxilios y el otro día pude salvar a un niñito de un año que se había caído al río. Hice con él lo que no pude hacer con mis hijitos”, dice mientras los ojos se le llenan de lágrimas. En lo que va de 2016 (hasta junio), solo en la jurisdicción de 6 de Octubre (uno de los cuatro establecimientos de salud del distrito) se han registrado cuatro casos de ahogamiento de niños menores de cinco años.

4 casos de ahogamiento de niños menores de cinco años se han registrado hasta junio del 2016

La zona baja del distrito de Belén es de esos lugares insólitos en un país que considera que avanza. Está a solo diez minutos de la ciudad de Iquitos, y es uno de los distritos más pobres del país, su población de más de 75 mil personas viven en condiciones de insalubridad.

Viviendas de madera construidas sobre pilotes para aminorar el azote del río. Más madera hace de precarios puentes entre una casa y otra. Al ras de suelo, allí donde acaban las pocas veredas que se salvaron de la inundación y empieza el barro que se esquiva con unos cuantos tablones, transcurre la vida cotidiana. Rocío López le da de lactar a su hijo Rafael, de cuatro meses, apoyada en uno de esos troncos que da soporte a su casa, mientras una tina con ropa a medio lavar (a veces con agua de río) la espera a sus espaldas.

sonia panduro

Sonia Panduro (43) perdió a dos de sus ocho hijos ahogados en las aguas del río Itaya. Casas flotantes y vidas que se hunden en la miseria. Belén, ese lado de la Marca Perú que no se muestra.

Una niña llora desconsolada en las alturas de su “palafito» (así se les denomina a estas casitas de madera). Está parada en uno de esos maderos inestables y un poco roídos por la humedad. Abajo, Rocío no se inmuta ante la posibilidad de que se caiga. Lo que para una persona cualquiera es un peligro inminente y una situación angustiante, es para ella una cuestión del día a día. “Tengo dos hijos y sí, da miedo porque cuando todo se inunda los bebés se pueden caer al río o las maderas húmedas se pueden romper. Pero qué puedo hacer”, dice la joven con el tono resignado de quien se ha cansado de pelear con la realidad.

Belén vive la mitad del año con sus calles sumergidas bajo el agua y todo el tiempo en condiciones sanitarias deplorables. El agua del Itaya, a la que niños y adultos se lanzan sin reparos para bañarse o para cruzar al otro lado, es también el desagüe de la zona.  La basura flota, se acumula en los alrededores, los habitantes conviven con el riesgo de infecciones y enfermedades. Los más pequeños son los más afectados porque condiciones como esta merman irremediablemente su crecimiento y afectan su desarrollo.

En los últimos tres años han muerto 38 niños ahogados

Hay muchos casos de malaria, niños con infecciones estomacales constantes y, como resultado, una alta tasa de desnutrición y anemia: 30% y 42%, respectivamente. “En época de creciente los casos de parasitosis y diarreas aumentan en más del 50% y les damos tratamiento con zinc”, nos cuenta Irayda Ramírez, encargada de atención a la primera infancia en el Centro de Salud 6 de Octubre. A esa cifra amenazante hay que sumarle  la cantidad de niños que han muerto ahogados en los últimos años. 38 es la cifra aproximada que instituciones como Infant -dedicada a proyectos y protección de la niñez- han calculado en los últimos tres años.

selva2016 niños belén

Los niños que viven en la zona están expuestos a accidentes e infecciones a causa de las condiciones de vida. Alrededor de 12 niños pierden la vida anualmente en la zona a causa de ahogamientos.

Los casos de ahogamiento parecen formar parte de una realidad asumida casi como normal por la población. En el centro de Salud 6 de Octubre, que atiende a una población de alrededor de mil niños menores de cinco años, las encargadas batallan con los padres, los aconsejan para redoblar los cuidados en casa pero no hay un programa de entrenamiento que los prepare en primeros auxilios para enfrentar situaciones como esta. “Las madres se van a descansar y a veces se descuidan.  Los niños más pequeños se asoman a la puerta pensando que se van a encontrar con tierra firme y se encuentran con agua. Los padres, como es lógico, caen en desesperación ante la escena y no atinan a hacer nada. El último caso que vimos fue el mes pasado. Un niño de aproximadamente un año y medio, cayó al agua. Se salvó porque lo encontraron a los pocos segundos, lo trajeron semiinconsciente al centro de salud. Como necesitaba intubarlo y otros cuidados especiales tuvimos que trasladarlo al hospital de Iquitos para su tratamiento”, nos comenta Illedy Yahuarcani, miembro del área de epidemiología en el puesto de Salud.  Según esta especialista, quien es además la responsable del programa de tratamiento de tuberculosis, hay más amenazas que se ciernen sobre la población de la zona: ya se tienen registrados 21 casos de TBC solo en este año, dos de ellos afectan a niños menores de tres años.

Se han registrado 21 casos de tuberculosis solo en 2016. Dos de los afectados son menores de tres años

La vida en esta comunidad flotante es la misma desde hace mucho: zozobra en tiempos de crecida del río,  la rutina de la sobrevivencia cuando baja, la escasez siempre. “Yo trabajo vendiendo mis artículos de primera necesidad. Cuando es crecida, vendo mis abarrotes en canoa. Y cuando es tierra vendo comida y así me ayudo para poder sacar adelante a mi familia”, me cuenta Sonia, quien tiene aún mucha lucha por delante: su hijo más pequeño tiene tres años  y  una de sus hijas, Ruth de 19 años, ya le dio dos nietos que ayuda a criar en su humilde casa en medio del río.

Un proyecto del Ministerio de Vivienda, Construcción y Saneamiento que pretende trasladar a esta población en riesgo a un nuevo espacio está en marcha y beneficiaría en una primera fase  a alrededor de 2500 familias, que cambiarán el agua de Belén por la tierra firme de Varillalito. Este terreno, ubicado en el distrito de San Juan Bautista,  a 12 kilómetros al sur de la ciudad de Iquitos, fue un asentamiento humano ahora ya saneado, zonificado y dispuesto  por el Gobierno Regional de Loreto como la definitiva Nueva ciudad Belén: un área de 50 hectáreas en la que además de la construcción de viviendas se habilitarán colegios, servicios de salud  y una comisaría.

belen

A pesar de que este panorama promete mejorar ostensiblemente sus condiciones de vida, muchos se niegan a abandonar  lo que tienen. Temen que las ayudas sociales se corten,  que las donaciones y actividades de las ONG se acaben, no quieren tener que pagar por los servicios públicos (agua, luz) que malamente reciben ahora. Han renunciado a la vivienda digna en nombre de lo que les parece más seguro. Otros, como Sonia, mantienen la esperanza en el futuro: “Yo nací, crecí, me hice madre y abuela aquí en San Francisco. Es duro ver a tus hijos siempre en riesgo, es doloroso cuando pasa lo que a mí me pasó. Pero hay que seguir para adelante. Siempre se puede volver a empezar”.

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