Especial Cajamarca, Reportajes — Mayo 5, 2015 a las 9:21 am

Cajamarca, la jalca dorada

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Texto y Fotografía: Gabriel Herrera

Poco antes del amanecer, al aire se tiñe de un azul tenue que presagia la llegada del nuevo día. Estamos a mitad de la estación de lluvias, pero las nubes le han dado un respiro a los hombres tras varios días de tormenta. Hoy ha amanecido despejado y el sol se dibuja por detrás de las montañas. De pronto, un carpintero andino comienza a parlotear sobre una enorme roca pulida por el viento de los altos Andes, despertando de su letargo a una nutrida familia de vizcachas que se apresta a iniciar su día en los roqueríos cercanos. Cientos de metros más abajo, en los valles abrigados, los hombres también se alistan para una mañana de ordeño y pastoreo. Para cuando el sol se asome, llenando de luz la jalca cajamarquina, los habitantes de estas tierras habrán echado a andar un complejo mecanismo que le ha permitido sobrevivir con éxito en estas tierras heladas y difíciles.

grabriel

El territorio cajamarquino está ubicado en la sección más septentrional y más baja de los Andes peruanos. A diferencia de regiones como Cusco, Áncash y Lima, aquí no hay nieves perpetuas, ni glaciares. Este es el reino de la jalca, como se le conoce a la puna por encima de los 3,500 msnm. Es aquí, en estas onduladas planicies, donde se comienza el ciclo hídrico, de allí que su conservación sea sinónimo de bienestar para las poblaciones asentadas aguas debajo de las cuencas.

De regreso al mapa, la cordillera de los Andes divide a Cajamarca en dos grandes espacios geográficos: de un lado, encontramos un típico espacio de sierra, compuesto por  con valles interandinos de clima templado, pródigos para la agricultura y la ganadería, cercados por elevaciones moderadas (jalca). De otro, tenemos las estribaciones orientales de la cordillera, que dan paso a la selva alta, que comprende densos, calurosos y húmedos bosques de neblina (entre 3,700 y 2,100 msnm) que cubren la parte nororiental del departamento, como en San Ignacio y la cuenca del río Chinchipe, afluente del caudaloso Marañón, río que bordea el límite oriental del departamento en su marcha hacia el Amazonas.

Las zonas altas –la jalca cajamarquina– se concentran en el centro y sur del departamento y cumplen importantes funciones ecológicas como zona captadora y recicladora de agua, y por brindar extensas zonas de pastura. Es aquí donde se aprecian los grandes bosques de piedra que caracterizan a esta región, como los que rodean la zona de Cumbemayo. Es también aquí donde se desarrolla la intensa actividad minera que constituye el principal aporte a la economía del departamento.

bosque de piedra

Por debajo de estas zonas altas se encuentran los valles interandinos, que acogen a la mayor cantidad de población y están dedicados principalmente a las actividades agropecuarias. No olvidemos que Cajamarca es uno de los principales productores de carne de vacuno, leche y papas del país. La industria láctea constituye también un apreciable ingreso al PBI de la región.

Esta es una zona de clima templado y seco, dominado por bosques de eucalipto, una planta foránea que se adaptó con éxito a los Andes peruanos y hoy forma parte sustancial del paisaje serrano, sobre todo en Cajamarca, donde se ha realizado un intenso trabajo de reforestación de laderas con esta especie de madera dura y de rápido crecimiento.

flor

Aquí, los caminos se adornan con las flores amarillas del sunchu y la retama, y las chacras se delimitan con grandes cactus y magueyes de altos tallos. Es la tierra del sauco y el capulí, donde el chiguanco y el jilguero cantan con fuerza entre los bosques y manantiales. Es aquí donde los hombres siembran el maíz y el trigo, la cebada y las hermosas papas que anuncian el tiempo de cosecha con sus delicadas flores moradas y blancas.

En la sección suroccidental de Cajamarca es posible observar parches de bosque seco, como los que caracterizan las regiones de La Libertad y Lambayeque. De hecho, Cajamarca comparte con esta última un área natural protegida con dichas características: el Área de Conservación privada de Chaparrí. Ambos departamentos también comparten la Reserva de Vida Silvestre Bosques Nublados de Udima, el bosque de neblina más cercano a la costa y que se caracteriza por su baja altura (2,800 msnm) además de su rica biodiversidad, al mismo tiempo que alberga importantes restos arqueológicos todavía por estudiar.

De otro lado, en zonas con mayor elevación se identifican otros dos pisos ecológicos: la serranía esteparia y el páramo o puna húmeda. La primera está   ubicada sobre los 3,500 msnm, como en las zonas altas de los ríos Jaén, Tabaconas y Chinchipe, y se caracteriza por las lluvias escasas, extensas formaciones de cactus y bosques secos de altura. Por su parte, el páramo, arriba de los 3,500 msnm, en el borde del límite con Piura, posee un clima frío dominado por planicies de pastos y arbustos bajos. Este ecosistema, único en los altos Andes, capta importantes cantidades de agua, casi como una esponja, que irriga buena parte de las tierras agrícolas de Piura, como Tambogrande.

hombre

Tras visitar la zona de altoandina, es tiempo de fijar el curso hacia el norte, rumbo a valles más cálidos y exuberantes que conforman las provincias de Cutervo, Jaén y San Ignacio, cuyos ríos –como el Chonta, el Chinchipe y el Chamaya– forman parte de la extensa cuenca del Marañón. Este último forma el límite entre Cajamarca y Amazonas hasta la zona del pongo de Rentema, cuando cambia de curso y se dirige hacia la llanura amazónica.

La cordillera de Los Tarros, en Cutervo, constituye el primer accidente de importancia rumbo a la zona de montaña, y es allí precisamente, donde se creó el primer Parque Nacional del Perú, en 1967 con la finalidad de proteger el sistema de cuevas que sirven de hábitat al guácharo (Steatornis caripensis). Desde este punto, la selva de montaña domina el paisaje con sus bosques tupidos en donde los hombres cultivan cacao, café y diversos frutales. Una zona de difícil acceso pero de gran belleza escénica que termina en las estribaciones de la cordillera del Cóndor, en la frontera con Ecuador

Este es el fin de un viaje diverso como pocos, por un territorio en el que la huella humana y el paisaje natural se han combinado para ofrecer panoramas sobrecogedores y únicos. Una región donde es posible observar cómo el poblador andino ha modificado su entorno para crear una cultura y sostenerla en el tiempo, con sus aciertos y fallas, pero sobre todo, un viaje que permite entender que los Andes y el hombre son entes inseparables y su destino depende de cómo logren unirse para crear un mejor futuro.

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