— noviembre 29, 2017 a las 12:55 pm

¿Por qué apareció Velasco?

Por

Rolando Rojas[1]

Velasco, como fenómeno político, fue un personaje complejo y desconcertante. Se salió del libreto del militar “guardián de la oligarquía”, imagen construida por la izquierda y el Apra para referirse a las dictaduras militares de Sánchez Cerro, Benavides y Odría, quienes llegaron al poder para bloquear el ascenso de las fuerzas reformistas. Mucha tinta corrió para explicar el fenómeno velasquista y, en cierto modo, las ciencias sociales en el Perú se profesionalizaron tratando de entender al régimen militar y el sentido de las “reformas estructurales”.

En 1967, dos años antes del golpe de Velasco el sociólogo François Bourricaud, publicó el libro Poder y sociedad en el Perú contemporáneo, en francés y español (esta última en Buenos Aires, en la editorial SUR), en el que retrató lúcidamente a la sociedad peruana en las vísperas del golpe. El libro acaba de ser reeditado por el Instituto de Estudios Peruanos, al cumplirse 50 años de su primera publicación y resulta sorprendente la vitalidad del análisis de Bourricaud. La primera edición peruana del libro ocurrió tardíamente en 1982, cuando ya se habían publicado numerosos libros sobre la crisis oligárquica y el velasquismo.

Con los riesgos de toda simplificación, considero que Bourricaud presenta a la sociedad peruana de la década de 1960 bajo una contradicción principal: sectores sociales movilizados por reformas y un régimen político que no puede procesar dichas demandas. Es decir, por un lado, movimientos campesinos que invaden haciendas y barriadas que presionan sobre las propiedades urbanas y por servicios de saneamiento, y que pueden ser empujados a la radicalización política. De otro lado, respuestas fallidas del gobierno de Prado y Belaunde para implementar los cambios que den salida a las demandas de los sectores movilizados y eviten una crisis de régimen.

Para Bourricaud las reformas eran inevitables, en el sentido que ya existía un consenso en torno a ellas, particularmente con respecto a la reforma agraria y de vivienda, que legitimó dichos anhelos y las acciones para lograrlo. Al respecto, Prado había dado pasos, aunque fallidos, en esa dirección cuando creó la Comisión de Reforma Agraria y Vivienda, presidida por el propio Pedro Beltrán; y lo mismo Belaunde, con la ley de reforma agraria que estableció el Instituto de la Reforma Agraria, aunque en el Congreso dicha ley había sido recortada en sus alcances. El problema era la lentitud de las reformas, el incremento del descontento y la apertura de una salida insurreccional.

Es decir, no era posible una vuelta atrás, a riesgo de que las reformas se empujen desde abajo, con un desborde social de desenlaces imprevisibles. La toma de tierras que recrudece en la sierra central mientras en el Congreso se debate el proyecto de ley de reforma agraria enviado por Belaunde, pone de manifiesto que la sociedad se mueve más rápido que la “clase política”. Es esta situación la que hace posible a Velasco. Él es, y esta es mi interpretación personal, un “hombre de las circunstancias”, la mano que implementará las reformas que deben evitar una salida revolucionaria a la crisis del orden oligárquico. Así, Velasco vendría a ser una suerte de “bombero previsor”, que inunda el edificio porque intuye que un pirómano lo atacará con bombas incendiarias.

Ahora bien, la metáfora del bombero social no agota los significados de las reformas militares. Velasco condujo la transformación del orden oligárquico y evitó una salida castrista (expropio a la derecha para salvar a la derecha, si se quiere), pero al mismo tiempo, estableció nuevas bases de la sociedad peruana: acabó con el trabajo gratuito de los indígenas, expandió la propiedad agrícola y urbana, amplió la presencia del Estado en áreas antes dominadas por poderes extralegales, continuó con el impulso a la educación, fomentó la organización de los campesinos y de los trabajadores urbanos, etc. A decir de Julio Cotler llevó a cabo un proceso de “democratización de la sociedad por la vía autoritaria”.

Y, en efecto, cualquier observador de las reformas socioeconómicas, tendrá que admitir que la sociedad que nos legó Velasco fue menos desigual, más moderna y cohesionada que la de la época de la pre-reforma. Si esto es así, ¿no será una paradoja del proceso histórico peruano que cuando se produzca el advenimiento de la democracia electoral en los ochenta, sus bases sociales no serán tan endebles y resistirán mejor los embates de la violencia de Sendero Luminoso?

[1] Historiador e investigador del IEP

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