Destacado, Opinión, Portada — septiembre 20, 2017 a las 12:46 pm

El gabinete del cogobierno

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Escribe Marite Bustamante                                                                                                 Foto: Andina

Visto el desenlace de la Cuestión de confianza, se puede reconocer que asistimos a un arreglo de cogobierno entre tres protagonistas: el fujimorismo, el Gobierno y el APRA. “Perder en lo inmediato, para ganar luego gobernabilidad”, le ha llamado Jaime de Althaus.

Pero, ¿a qué se refiere con gobernabilidad? Pues a la capacidad de las fuerzas que implementaron y mantienen las reglas de juego instaladas desde los noventa (Estado mínimo, criminalización de la protesta social, intervención de las iglesias en las políticas públicas, cooptación del sistema de justicia, ¿me ayudan con la lista?) de mantener su hegemonía en el control del Estado. Es, entonces, un asunto de poder y no de moral, como creen los que llamaban a PPK a jugársela por el país en contra del mal encarnado en Fuerza Popular.

No propongo simplificar burdamente la realidad, existen diferencias entre PPK (que representa a la tecnocracia neoliberal) y el fujimorismo. El compromiso de éste último con las economías ilegales y la opción pepekausista-liberal en materia de derechos individuales, son, tal vez, los elementos más resaltantes. Pero en momentos en que la promesa neoliberal naufraga entre recesión y corrupción, les toca cerrar filas.

Las diferencias señaladas, las revelaciones del caso Lava Jato y las protestas sociales pueden reavivar el conflicto. Pero el desgaste mutuo, si se lleva hasta sus últimas consecuencias, podría conducir a la convocatoria a nuevas elecciones (congresales o presidenciales), abriendo el escenario de disputa electoral a los disidentes con el modelo. Este es el punto de encuentro con las otras fuerzas políticas que están por la mantención del piloto neoliberal y la captura del Estado, como el APRA. Los une el temor de perder el control político porque ello asegura su impunidad.

Con lo último, no propongo que corramos irresponsablemente hacia la crisis política. Ese escenario también podría resolverse con la exclusión definitiva de las izquierdas de los espacios institucionales de nivel nacional, pero para mantener ese espacio y ganar otros debemos ser audaces y dejar de bailar las canciones que los partidos neoliberales eligen.

No voy a hablar de unidad, porque por ella es mejor hacer que hablar. Urge que las fuerzas de cambio discutamos los términos de una campaña política centrada en la denuncia de la “gobernabilidad” que hoy nos venden como la gran receta frente a la crisis (pues “el ruido político ahuyenta las inversiones y, sin ellas, no hay futuro posible”), pero que no es más que la mantención de un status quo excluyente. Dicha campaña debe impugnar al modelo en sus propios términos, más que ser una defensa principista de la democracia, y demostrar que sus resultados, veinticinco años después, condenan a la mayoría de los ciudadanos a vivir en la incertidumbre y vulneración de derechos disfrazados de emprendedurismo y crecimiento macroeconómico.

No pretendamos graduarnos de “demócratas”, respaldando a PPK frente a la aplanadora naranja, en un país donde aún disputamos con el fujimorismo la interpretación popular del autogolpe como una “decisión necesaria” para restablecer el orden y salir de la crisis económica. En vez de seguir leyendo el escenario político como si PPK solo fuese un pusilánime, propongo que disputemos el sentido de la gesta democrática, sacándola de los términos que delinean la segunda vuelta electoral y el temor al retorno fujimorista, pues tan importante como luchar contra el indulto y la impunidad, es recuperar la defensa de lo público sobre lo privado, la garantía de los derechos sociales y una política fiscal capaz de sostenerlos, reconfigurar los términos de nuestra soberanía y el modelo de desarrollo, y recuperar el rol protagónico de los ciudadanos en la toma de decisiones políticas. Debemos ser capaces de salir de los márgenes estrechos del antifujimorismo, leer la apatía de la gente con el sistema político y llamarla a constituir uno nuevo. Frente al sentido común que considera al político como un sujeto que utiliza el poder público para acrecentar su fortuna privada, no es descabellado exigir un nuevo reparto del poder. Es hora de hacer política lejos de los políticos y cerca de la gente.

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