— agosto 24, 2017 a las 3:49 pm

El cambio social en un país de auto-empleados y microempresas de sobrevivencia

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Escribe Roberto Machado

Hace casi un siglo, José Carlos Mariátegui señalaba que el mérito excepcional de Marx era haber descubierto al proletariado[1]. Asimismo, indicaba que la conciencia y los vínculos de solidaridad entre los obreros surgían espontáneamente en la fábrica y, especialmente, en el sindicato. A más de un cuarto de siglo de la implantación del modelo económico neoliberal en el Perú, conviene analizar la situación de la gente desde el punto de vista económico, de su ubicación en el aparato productivo nacional, de sus niveles de productividad e ingresos, de sus derechos laborales, entre otros aspectos.

Según el INEI, la fuerza laboral del país presenta los siguientes rasgos[2]:

1. El 73% de la población ocupada es informal.
2. El 94% de los trabajadores sin educación o sólo con educación primaria, son informales. Lo mismo sucede con el 80% de los trabajadores con educación secundaria, el 53% de aquellos con educación superior no universitaria, y el 38% de los que tienen educación universitaria.
3. De los trabajadores auto-empleados y en microempresa (2 a 10 trabajadores), incluyendo trabajadores familiares no remunerados, el 90% son informales. Esta cifra desciende a 56% en el caso de las pequeñas y medianas empresas (11 a 100 trabajadores), y a 24% en la gran empresa (más de 100 trabajadores).
4. El 97% de los trabajadores del primer quintil de ingresos (el más pobre) es informal. Algo similar sucede con el 89% de los trabajadores del segundo quintil, el 77% del tercero, el 66% del cuarto, y el 44% del quinto quintil (el más rico).

Estas cifras ratifican la existencia del síndrome de precariedad laboral descrito en un artículo anterior[3]: siete de cada diez trabajadores son informales, la informalidad incide más en los trabajadores con menor grado de instrucción (y menor productividad), en trabajadores ocupados en unidades productivas de menor tamaño, y en los trabajadores de menores ingresos (pobres y vulnerables). De este modo, existiría un círculo vicioso baja productividad – bajos ingresos – pobreza y vulnerabilidad – auto-empleo y micro empresa – informalidad, donde estaría atrapado el 70% de trabajadores ocupados del país.

Ante este panorama, el reto para construir una sociedad justa, solidaria y próspera es enorme: cómo organizar políticamente lo que está socialmente desorganizado. Y es que el neoliberalismo no es sólo una trama económica para restituir la tasa de ganancia del capital, redefinir el rol del Estado en la economía y reinsertar al Perú en la globalización neoliberal en función de intereses transnacionales. También es una trama política, cuyo objetivo es la disolución del sujeto social del cambio en el país: los trabajadores organizados. Y una trama ideológica, que consagra el individualismo extremo, el consumismo exacerbado, y el “exitismo” (a más dinero, mayor éxito), en desmedro de valores tales como la cooperación, la solidaridad y el bien común.

Con siete de cada diez trabajadores ocupados en la economía de sobrevivencia del auto-empleo, la microempresa y el trabajo familiar no remunerado, ¿Qué tipo de sociedad se puede plantear? En este contexto, el cambio social en favor de las mayorías sin duda demandará un enorme esfuerzo y creatividad.

Algunas pistas sobre cómo enfrentar semejante reto ya se dieron durante la última campaña electoral. El punto más importante, en términos de la gente en su calidad de trabajadores y trabajadoras, es el de la diversificación productiva. Ésta es indispensable para acelerar el crecimiento económico de manera sostenible, y dejar de depender de las exportaciones de materias primas y de los precios internacionales de los minerales. La diversificación (y sofisticación) productiva comprende varios aspectos:

1. El desarrollo de nuevas actividades productivas más intensivas en trabajo, con mayor incorporación de conocimiento, tecnología e innovación, y con mayores encadenamientos productivos con otras actividades de la economía nacional.
2. El crecimiento en número y tamaño de las pequeñas y medianas empresas de modo que puedan absorber a los trabajadores auto-empleados y de microempresa de sobrevivencia.
3. Elevar la productividad laboral, sobre todo en las actividades de agricultura, comercio y servicios sociales y personales (que incluye las actividades turísticas).
4. Desarrollar el mercado interno e integrar los mercados regionales y locales como primera fuente de demanda para las nuevas actividades, las mayores pequeñas y medianas empresas, la manufactura, el agro, el comercio y los servicios.

Pero esto podría implementarse mediante una agresiva política industrial desde el Gobierno. Mientras, la tarea parece ser fomentar la libre asociación de los pequeños productores del campo y la ciudad en cooperativas o unidades productivas asociativas o comunitarias. Un ejemplo exitoso de esta forma de producción lo constituyen las cooperativas cafetaleras de Cusco, Junín, San Martín, entre otras regiones. En la actualidad, el café constituye la principal exportación agrícola del país, por encima de la uva, la palta, el espárrago, el arándano y el mango. Esto muestra que es indispensable la asociación para incrementar la productividad. En ausencia de fábricas y sindicatos, es de esperar que la conciencia y la solidaridad entre los trabajadores surjan en las cooperativas y las asociaciones de pequeños productores.

[1] J. C. Mariátegui (1987). Defensa del Marxismo. Polémica Revolucionaria. Decimotercera edición. Lima: Biblioteca Amauta.
[2] INEI (2016). Perú: Evolución de los indicadores de empleo e ingresos por departamento, 2004-2015. Lima: Instituto Nacional de Estadística e Informática. Julio.
[3] “Diez patologías y un síndrome de la economía peruana a 25 años de la implantación del modelo neoliberal” (goo.gl/SjcBdx).

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