— febrero 14, 2018 a las 5:54 pm

Crecimiento económico sin cohesión social

Por

Rolando Rojas[1]

En las versiones más celebratorias del crecimiento económico, el Perú aparece como una sociedad de clases medias, como una “sociedad-rombo”; es decir, con el grueso de su población en el centro de la estructura social; con pobres, pero sin el peso demográfico que tuvo en los años ochenta del siglo XX.[2] Así, por la vía del mercado y de las exportaciones primarias, el Perú habría llegado a la situación de las sociedades de bienestar de la Europa y los Estados Unidos posteriores a la II Guerra Mundial, cuando el “pleno empleo” y las políticas laborales hicieron aparecer al “trabajador de clase media”, cuyo sueldo le permitía comprar una casa, enviar a sus hijos a un instituto técnico o la universidad, y adquirir un auto económico.

El problema con esta imagen es que tiende a presentar la realidad, restringiéndola al ingreso; la sociedad acaba reducida a una sola variable. Diversos investigadores señalan la fragilidad de este análisis: el consumo se expande artificialmente gracias al abaratamiento del crédito, las “nuevas” clases medias y las emergentes carecen de derechos sociales (pensión, seguro médico y otros), y su posición es tan precaria que un evento, como una enfermedad que requiera hospitalización, le harían descender al grupo de pobreza. Y es que a diferencia de las sociedades de clase media de la época del Estado de bienestar, cuya base material era la expansión del sector industrial, en el Perú la reducción de la pobreza ocurre en una economía con el 75% de la PEA en la informalidad (en la que debemos incluir el contrabando y la minería ilegal). Se puede decir, entonces, que lo que caracteriza a la aparición de estas nuevas clases medias es que son los mismos pobres los que desarrollan emprendimientos para salir de la pobreza.

Para los adherentes del crecimiento económico, la expansión de la oferta universitaria y la profesionalización de las “nuevas clases medias” demostrarían que asistimos a la democratización de la educación superior por la vía del mercado. Pues bien, el libro de Huber y Lamas, Deconstruyendo el rombo,[3] permite apartarnos de la superficie de las estadísticas y muestran que en el ámbito de la educación superior, a la que los sectores populares perciben como un medio de ascenso social, se producen diversas estrategias de exclusión y segregación social. En su investigación, los autores encuentran que si bien los sectores populares vienen accediendo a la educación universitaria, tienden a matricularse en las universidades de “baja calidad” que aparecieron después de la desregulación de 1996, debido a las facilidades de ingreso y las menores pensiones frente a las universidades privadas predesregulación.

El problema se produce cuando estos egresados tienen que competir en el mercado laboral, pues los empleadores de las grandes empresas seleccionan a los profesionales de las llamadas universidades privadas “de prestigio” que proporcionan activos adicionales: redes sociales, roce internacional, etc.), produciéndose lo que los autores llaman un “cierre social” que restringe el ascenso de los profesionales de los sectores populares. Así, lo que observan en el mundo de las empresas es una suerte de “apartheid”: los puestos gerenciales están monopolizados por los egresados de las universidades privadas “de prestigio”, mientras que los egresados de las universidades “de baja calidad” deben contentarse con puestos y sueldos precarios, cuando no con el desempleo. Es decir, el modo en que viene funcionando el sistema universitario y los mecanismos del mercado laboral, convierten a la educación en un factor reproductor de exclusiones, en lugar de canal de ascenso social (en realidad, lo obstaculizan). Un problema derivado de esta situación es que aparecen masas de “desempleados con diplomas” y subempleados que desempeñan labores distintas a sus profesiones.

La frustración que genera en los jóvenes no ver recompensados sus esfuerzos y deseos de ascenso social, puede tener desenlaces críticos. Los autores refieren los casos de la rebelión armada de los jóvenes de Sri Lanka en 1971, que se fraguó en las universidades; así como la aparición de Sendero Luminoso en Ayacucho que estuvo asociada a la baja perspectiva que tenían los profesionales de esa región. ¿Por qué no asistimos a una situación crítica? En buena medida, porque la bonanza que vive el país provee oportunidades de subempleo o autoempleo a estos profesionales (muchas veces creando sus propios emprendimientos), lo que amortigua las frustraciones; y porque los autores encuentran que la idea del esfuerzo individual como vía para el ascenso social está tan interiorizada, que no cuestionan el sistema que produce dicha situación ni imaginan una salida colectiva a sus problemas. Así, la sociedad peruana estaría experimentando un ciclo en el cual las exclusiones sociales se suavizan por el clima de mayor ingreso y consumo, pero no necesariamente avanzamos por la cohesión y la equidad.

[1] Historiador e investigador del Instituto de Estudios Peruanos.

[2] Rolando Arellano, “El rombo sigue su rumbo”. En El Comercio, 04-07-16.

[3] Ludwig Huber y Leonor Lamas, Deconstruyendo el rombo. Consideraciones sobre la nueva clase media en el Perú. Lima: IEP, 2017.

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