Destacado, Opinión, Portada — septiembre 28, 2017 a las 2:17 pm

Cambio estructural productivo en el programa económico de la izquierda

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En recuerdo de Roberto Machado, camarada, colega y amigo que escribió sobre este tema con mucho mayor conocimiento y profundidad de lo que yo puedo hacerlo

 

Escribe Pedro Francke

Un interesante intercambio de ideas hemos iniciado desde hace un par de semanas en este espacio con Rolando Rojas, sobre el programa económico de la izquierda. En este artículo seguimos aportando a la construcción de una narrativa articulada, desde la izquierda, sobre la economía.

Un aspecto clave en una propuesta económica de la izquierda tiene que ver con el cambio estructural en el aparato productivo. La mirada marxista, prevaleciente hasta los años 80s, indicaba que el cambio de la estructura era lo fundamental,  entendiéndose en este concepto a lo que Marx llamaba “modo de producción” caracterizado a partir de las “relaciones sociales de producción”. Bajo esta mirada, lo fundamental era la relación establecida entre las clases sociales en el capitalismo a partir de la propiedad privada de los medios de producción, es decir del capital, por parte de una clase, y la total exclusión de los trabajadores de esta propiedad. En lenguaje marxista el proletariado no tenía otra opción sino vender su fuerza de trabajo.

La alternativa frente a esta situación era un cambio radical consistente en eliminar la propiedad privada de los medios de producción y reemplazarla por la socialización completa de los mismos. A partir de esa elaboración teórica, tanto en la Rusia revolucionaria como en China y en Cuba, se avanza hacia una estatización del aparato productivo, total en el sector industrial, proceso más lento y complejo en el sector agropecuario (propuestas intermedias como la yugoeslava de la autogestión demandan otro debate). En el Perú, las izquierdas revolucionarias de los 70s planteaban en su programa una estatización amplia de las industrias y grupos empresariales, y la Izquierda Unida de los 80s reaccionó a la propuesta de Alan García de estatizar la banca diciendo que eso era insuficiente y planteando la estatización de todas las empresas y grupos económicos vinculados a los propietarios de la banca.

Tras el progreso económico en Rusia que genera mayores demandas de consumo diversificado, el avance del conocimiento y la importancia de los diversos talentos humanos en la producción, y ante la gran revolución tecnológica de la información, esta propuesta simplemente terminó desfasada y siendo completamente inadecuada. El muro de Berlín cayó y Deng Ziao Ping reformó la economía china. Eso no quiere decir que suscribamos la propuesta neoliberal de privatizarlo todo, pero sí claramente hay que abandonar una postura de estatizarlo todo.

La exagerada y extensiva privatización de las reformas neoliberales de Fujimori nos ha dejado con un Estado que no puede cumplir sus funciones básicas mientras la desigualdad es enorme, y esta privatización quiere seguir extendiéndose, entregado y sacrificando en manos de monopolios bienes comunes como las aguas, los territorios, la biodiversidad y las identidades originarias. Resistir esa oleada y reconstruir un mínimo de Estado es parte de la agenda de la izquierda, y en otros países latinoamericanos como Bolivia, la recaptura por parte del Estado de la renta de los hidrocarburos ha sido esencial en dar un salto social y económico.

Pero la propuesta principal de cambio productivo la hemos llamado Diversificación, aunque podría decirse también industrialización o complejización del aparato productivo. En este nuevo enfoque, que puede llamarse neo-estructuralista, echa raíces en el pensamiento cepalino de hace cinco décadas atrás, pero se recrea con nuevas discusiones contemporáneas en la economía. La situación actual de la economía peruana es clara en mostrar como una década de boom basada en altos precios de los metales no dio lugar a un crecimiento sostenido, y menos a reducir la informalidad significativamente, mejorar la distribución del ingreso o generar un dinamismo tecnológico propio, además de los daños ambientales y sociales de varios proyectos de la gran minería. La realidad muestra que un cambio estructural sigue siendo necesario.

La idea central de la propuesta de Diversificación o Complejización productiva es que para un desarrollo económico sostenido, que genere bases materiales de progreso ciudadano, más empleo (reduciendo así la informalidad) y mejor distribución, y mayor soberanía nacional que de espacio a la democracia, es particularmente importante el qué se produce. Es necesario pasar de un aparato productivo donde las materias primas para la exportación son lo fundamental, a una estructura donde sean la industria y la producción de mayor complejidad las que dinamicen la economía. Los estudios económicos de las últimas décadas han mostrado que ese cambio es indispensable para poder tener un crecimiento económico sostenido, generar un dinamismo tecnológico, crear empleo de manera masiva y reducir la vulnerabilidad de la economía nacional a las fluctuaciones internacionales en los precios de los metales.

La propuesta se traslada, entonces, del énfasis marxista en la forma de producción, a  la mirada estructuralista de la composición de la producción. Nuevamente, esto no quiere decir que no sean necesarios cambios para frenar  la explotación de los trabajadores por parte del capital, la forma como las grandes empresas malogran el ambiente o la captura del poder político por los lobbies del poder económico concentrado. Todo eso es también necesario, y podremos discutir en una siguiente oportunidad el tema estratégico de la relación entre Estado, empresas, trabajadores y mercado.

La forma de impulsar la diversificación productiva, sin embargo, no es mediante la estatización de empresas o del impulso a nuevas empresas estatales. Esa fórmula claramente no da buenos resultados excepto en determinadas condiciones particulares; la flexibilidad necesaria para la gestión empresarial, la versatilidad de las conexiones que permite el mercado y la importancia del incentivo económico son muy difíciles de resolver dentro de un aparato bajo planificación central. La globalización con cadenas de valor internacionales complica aún más las cosas.

La importancia de este cambio en una visión económica desde la izquierda está a la vista en las experiencias izquierdistas en América Latina. Cuba requiere abrir espacio al mercado y la iniciativa empresarial privada para salir de su artrosis económica. Venezuela está en profunda crisis por un pésimo manejo macroeconómico que no “guardó pan para mayo”, pero también por haber actuado en contra de una diversificación productiva sana al estatizar diversas empresas y permitir durante años la “enfermedad holandesa” generada por la inundación de divisas procedentes del petróleo.

La diversificación, industrialización y complejización del aparato productivo debe hacerse con el Estado, brindando las condiciones de infraestructura, facilitación del crédito, entorno de mercado, innovación y creación tecnológica y apoyo a pymes, start-ups y nuevas líneas de producción, en una gestión estatal que requiere mantener diálogo y relacionamiento con las empresas privadas pero sin dejarse capturar por éstas y manteniendo su defensa del interés público. El Estado facilita y promueve, las empresas producen, venden y generan valor, el Estado cobra impuestos, tal es la fórmula por la que hay que luchar hoy.

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