— noviembre 6, 2017 a las 5:34 pm

¿A dónde va el mundo rural?

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Escribe Rolando Rojas[1]

La izquierda dejó de entender el Perú. En el siglo XX construyó las imágenes más relevantes de la sociedad peruana, desplazando a los intelectuales conservadores y afines del poder oligárquico. De Mariátegui a Aníbal Quijano, el aparato conceptual marxista fue innovador para la comprensión del desarrollo capitalista, de las transformaciones de la sociedad rural e, inclusive, de la cultura andina. Esto le confirió una relativa hegemonía cultural que facilitó su posicionamiento político.

Pero esa época terminó. En algún momento, entre fines de los ochenta e inicios de los noventa del siglo XX, la izquierda se extravió de la realidad, dejó de reconocer la sociedad que emergía de la economía informal y de las reformas neoliberales. La renovación en las ciencias sociales y económicas provino de corrientes no marxistas, relativamente conformes con el status quo. La economía pasó a ser una discusión de dígitos, quintiles y curvas estadísticas, como si no se experimentara en la vida concreta de los individuos, en un contexto territorial-regional específico o dentro de una determinada trama de poder.

En esta situación, Los nuevos incas, de Raúl H. Asensio, es un libro inusual, lo más cercano a una “etnografía” del desarrollo capitalista de la sierra andina posreformas neoliberales.[2] Allí el análisis de la economía rural de Quispicanchi, provincia de Cusco, aparece entrelazada con los procesos políticos, sociales e incluso culturales. Asencio, conviene aclararlo, no es economista ni marxista, pero su libro resulta tremendamente útil para comprender las transformaciones suscitadas por el crecimiento económico y el escenario social que emerge de ese proceso. Pero vayamos a lo importante.

Con el riesgo de toda simplificación, sugiero que el libro muestra que el crecimiento económico, las inversiones privadas y las transferencias de recursos públicos generan una masa monetaria que circula y dinamiza las economías rurales, abriendo oportunidades de emprendimientos que son aprovechadas por los quispicanchinos. En el libro de H. Asensio, los campesinos indígenas no esperan a Lenin y, más bien, son agentes activos del desarrollo y las transformaciones de la sociedad rural: se involucran en los proyectos de engorde de ganado, participan en las ferias agropecuarias impulsadas por los gobiernos locales, ingresan al pequeño comercio en las capitales de distrito y en algunos casos, como Oropesa, se especializan en la producción de pan, abandonando las actividades agrícolas.

El mundo rural retratado en Los nuevos incas, aparece bullente y dinámico: la carretera interoceánica y la panamericana incrementan los flujos mercantiles, las obras de infraestructura y su mantenimiento demandan fuerza de trabajo, los gobiernos locales reciben transferencias e implementan microproyectos de desarrollo agropecuario, se eleva el consumo popular y se diversifican los patrones alimenticios; la conexión vial de Quispicanchi con el Cusco provoca la emergencia de una generación de profesionales universitarios rurales  y aparecen los alcaldes-campesinos.

Los cambios registrados por Los nuevos incas abarcan también la esfera de la cultura: el incremento del ingreso rural se traduce en fiestas más espléndidas y la “demanda cultural” fomenta la multiplicación de agrupaciones artísticas, y una “industria informal” de producción de CD de bandas locales; la expansión de los peregrinos del señor del Qoyllorit’i se explicaría, en parte, por la crecida del ingreso rural. Esto daría lugar a una suerte de revitalización de la cultural regional (“renacimiento andino”, lo llama el autor) que se expresa en el fortalecimiento de las identidades y el empleo cotidiano del quechua por los funcionarios de los gobiernos locales.

Así como el hada de los cuentos convierte calabazas en carruajes, el crecimiento económico y los flujos mercantiles transfiguran a campesinos en emprendedores y hacen brotar pequeños negocios en el campo. Por supuesto, estoy exagerando. El autor advierte que el caso de Quispicanchi es muy particular: se beneficia del canon minero, sin experimentar los problemas de tener una mina en su territorio; asimismo, la economía local se hace dependiente de las transferencias de recursos del gobierno central, vía los programas social y de desarrollo. Es decir, depende de factores fuera de su control; una caída en la recaudación del canon afectaría la economía rural, aunque esta dependencia no sería absoluta si aceptamos los datos de Webb, según los cuales se registra una tendencia general del incremento de la productividad de las actividades agropecuarias.[3] De otro lado, existen desequilibrios que acarrea todo proceso de crecimiento: introducción de agentes foráneos que buscan captar el excedente, competencia interna entre los productores y relajamiento de las relaciones de reciprocidad que cohesionan a la sociedad rural.

¿Qué tan generalizable es lo que experimenta Quispicanchi para el resto del país? Cualquiera que viaje por las provincias del Perú, percibirá que efectivamente, en unas más que otras, existe una dinámica en progreso. No contamos con estudios que nos permitan señalar con precisión la trayectoria de estos cambios, pero es probable que se trate de una tendencia relativamente importante y que estemos asistiendo a la emergencia de un nuevo “escenario rural”. Dicho escenario no significa la cancelación de los conflictos ambientales y de la situación de pobreza de amplios sectores de la sociedad rural, pero demanda iniciar un amplio debate y reflexión de las complejidades del terreno social sobre el cual se desea actuar.

[1] Historiador e investigador del Instituto de Estudios Peruanos.

[2] H. Asensio, Raúl. Los nuevos incas. La economía política del desarrollo rural andino en Quispicanchi (2000-2010). Lima: IEP, 2016.

[3] Webb, Ricard. Conexión y despegue rural. Lima: USMP, 2013.

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