— abril 27, 2021 a las 8:57 am

José Ragas: “El régimen de los noventa fue un régimen corrupto y criminal”

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El actual escenario electoral enfrenta a dos extremos ideológicos conservadores de izquierda y derecha; aunque la campaña contra Pedro Castillo se ha caricaturizado con el “terruqueo”, para el historiador José Ragas esto es un instrumento para ocultar prejuicios que tiene que ver con el origen campesino y que viene activando el lado horrible ligado al racismo y clasismo. Por otra parte, señala que Keiko no solo es hija de Fujimori, sino que ella misma defiende ese régimen con acciones desde el Congreso como lideresa.

Por Marilyn Céspedes

P.- El resultado electoral ha demostrado que el próximo gobierno no será representativo ni en el poder Ejecutivo, ni en el Congreso. Este problema de representación es una constante en nuestros procesos electorales desde el siglo XIX, pero hoy es aún más crítico, ¿cómo afecta esta situación a nuestro sistema democrático en donde gran parte de los ciudadanos no se siente identificado?
R.- Lo que ha venido pasando en los últimos treinta años es que hemos tenido una estabilidad electoral, que por muchos años había sido interrumpida por golpes militares, pero que hoy ha logrado continuar y mal que bien funciona, a pesar de que existe fragmentación del voto debido a la gran cantidad de agrupaciones políticas que hay. Uno podría preguntarse hasta qué punto eso es positivo; podría decirse que es bueno porque hay más participación, pero también hay una imposibilidad de hacer alianzas y, por otra parte, con cada elección van desapareciendo partidos que no logran pasar la valla. Otra característica es que no hay movimientos o alianzas que puedan canalizar el voto de la población, las opciones se van radicalizando cada vez más. De alguna forma estamos inclinándonos a opciones mucho más polarizadas como lo que estamos viendo en el actual escenario, que no es de satisfacción de la población, pero que si uno lo mira desde un marco temporal más amplio, somos afortunados de que estas opciones se hayan manifestado a través de la vía electoral y no de manera violenta o fuera del camino democrático.

P.-Es importante escuchar los cambios estructurales que el electorado está pidiendo. En una mirada en retrospectiva ese mismo escenario se dio con Toledo y Humala ¿por qué sigue sucediendo eso?
R.- Hay una frase que dice “uno postula con la izquierda, pero gobierna con la derecha”, lo hemos visto recientemente con Ollanta Humala y también con los intentos de que Pedro Castillo firme una hoja de ruta, pero yo creo que al final a nivel electoral funciona mucho la idea del anti establishment. Eso no es actual, lo vemos desde los 90 con Fujimori, pues al momento de gobernar se tienen que hacer alianzas, bajar el tono, pero eso no logra crear proyectos a mediano plazo de cambio de reformas del Estado y las que se han planteado de manera constitucional no han funcionado y han sido saboteadas desde el mismo Congreso. Esta mirada de corto plazo es suicida, y nos va a pasar factura.

P.- ¿Qué lugar ha ocupado la memoria histórica en los últimos escenarios electorales? Cada cinco años, ese término suele venir a colación cuando nos encontramos en situaciones críticas en donde tenemos que elegir “el mal menor”.
R.- La memoria histórica juega en cada elección, eso lo podemos ver desde el siglo XX, por ejemplo, cuando se evitó que el Apra llegara al poder al manipular la memoria de los ciudadanos. Al Apra se le acusó de ser un grupo radical y se les terruqueó de la misma manera que sucede hoy. Eso no solo fue para oponerse electoralmente a Haya de la Torre, sino también para fomentar un golpe de Estado para que el Apra no llegue al poder.

En el caso más reciente, el fujimorismo ha creado una coalición anti que ya no solo es contra Alberto Fujimori, ni Keiko, sino que ahora se ha expandido hacia elementos similares al fujimorismo. La idea no es desfujimorizar, sino más bien plantear una serie de consensos mínimos de qué cosas no queremos para el Estado: corrupción, impunidad, la violencia que se desató durante los años noventa. El régimen de los noventa fue un régimen corrupto y criminal, que buscó mantenerse en el poder de manera perpetua bajo una fachada democrática, incluso más allá del mismo Alberto Fujimori. Keiko no solo es hija de Fujimori, sino que ella misma defiende ese régimen y ha realizado acciones desde el Congreso como lideresa. La memoria es importante, pero tampoco debe fosilizarse, sino que debe actualizarse constantemente y no solo quedarse en los noventa.

P.- Keiko tiene un antivoto muy fuerte, ya no solo por lo que causó la dictadura, sino también por lo que causó su bancada en los últimos cinco años. ¿En la segunda vuelta el antivoto a Keiko será decisivo?
Keiko Fujimori es la persona que más ha pasado a la segunda vuelta y siempre el voto antifujimorista ha estado ahí. Este no es un escenario único, hemos tenido escenarios en el que hay polarización de voto como sucedió con Alan García y Ollanta Humala o Keiko Fujimori y PPK. En este último caso, el voto anti fujimorista ha sido lo suficientemente flexible como para poder incorporar a la otra opción y tratar de que Keiko Fujimori suba al poder. Señalar que Keiko Fujimori es el mal absoluto tampoco es una cuestión etérea o abstracta; es una cuestión concreta: el padre está acusado y está en prisión, y ella también ha estado en prisión. Aunque mucha gente no recuerda lo que pasó en los noventa, si recuerdan lo que hizo su bancada en el Congreso y, de cierta manera, la crisis política que se ha derivado ha sido por ella.

Del otro extremo está la memoria de la violencia política de los años ochenta al 2000, en la cual lamentablemente se ha banalizado la cuestión del terruqueo contra Pedro Castillo. El problema con el terruqueo es que no activa una memoria contra Sendero Luminoso, sino que activa un lado horrible ligado al racismo y clasismo. No es una memoria que vaya contra Sendero Luminoso; es una instrumentalización para ocultar una serie de prejuicios que tiene que ver con el origen campesino, regional y social.

P.-También coexiste un miedo hacia los partidos políticos de izquierda que no es reciente, pues durante nuestra historia política del siglo XX ha habido una gran estigmatización e incluso persecución hacia quienes defendían los ideales del socialismo y el comunismo. Con la migración venezolana y el “terruqueo” este temor toma mayor fuerza ¿Cómo va a incidir estos argumentos en la segunda vuelta?
R.-El terruqueo no viene desde los ochenta, viene desde la revoluciones de 1848 en Perú. El terruqueo es una estrategia muy burda y torpe; hay que cuestionar el terrorismo, pero el terruqueo es la caricaturización de la identificación con elementos terroristas y el problema con esto es que lo terminas banalizando tanto que, en un momento determinado, no percibes cuando un grupo radical y violento está apareciendo.

El problema dentro de esta banalización también es que uno de los ataques frecuentes tiene que ver con Venezuela y a mí me parece que ese es un argumento muy flojo; primero, porque para llegar a donde lamentablemente se encuentra Venezuela se necesita tiempo; es complicado hacerlo en cinco años. Segundo, es una afirmación ofensiva para quienes lo están sufriendo: para los que están en Venezuela y quienes han escapado del régimen dictatorial chavista. Sin embargo, junto a ese modelo chavista también existen otros modelos de izquierda como el de Uruguay con Mujica; el de Brasil con Lula y el de Chile con Bachelet. Cogerse del modelo venezolano es cogerse de una muletilla ridícula y absurda, y que refleja que quienes lo utilizan no saben cómo llegó Chávez al poder, que lo hizo siguiendo la fórmula creada por Fujimori en el 1992: una fachada democrática, de escenario de post Guerra Fría en donde se cambió la Constitución para reelegirse una y otra vez. Si uno va a hablar de Chávez tiene que hablar por lo menos de lo que pasó con Fujimori en los años noventa y después ver cómo se expandió el chavismo a otro modelo de la región.

P.-La sensación que tienen muchos limeños es que Pedro Castillo ha sido el outsider de estas elecciones porque aparentemente no figuró hasta la recta final en las encuestas. Pero ha tenido una estrategia de trabajo muy intensa en las regiones ¿cuáles son esos elementos que han caracterizado la campaña de Castillo?
R.-Hay todo un universo que desde Lima no se conoce. Hay una política rural que viene desde el siglo XIX y que se fomenta en el siglo XX a nivel de intermediarios, organizaciones y gremios y que no pasa por el Tiktok o por comentaristas limeños. Uno de los grandes ausentes de esta campaña electoral y que podría habernos ayudado a entender mejor la situación ha sido los centros de investigación que debería operar en las regiones, pero que por falta de presupuesto no hay. En las universidades hay centros de investigación, hay muchos académicos y gente publicando sobre el tema y ninguno de ellos ha sido invitado en la campaña electoral en los medios grandes. Hasta ahora, se ha entrevistado muy poco a académicos o dirigentes regionales para entender la situación. Hemos pasado por alto toda esta red de organizaciones campesinas, magisteriales o incluso de los mismos ronderos: no hemos visto cómo ha cambiado la politización de esos sectores. Necesitamos incorporar más investigación en regiones para comprender un escenario electoral que ya no es el nuestro y que le pertenece a una parte mayoritaria del país.

P.-Según los resultados de la ONPE, Castillo está entre los cinco primeros lugares en varios distritos de Lima; por ejemplo, en Lurigancho y Pachacámac quedó primero; en Puente Piedra y Cieneguilla, tercero. ¿Esta situación haría tambalear la tesis de que la segunda vuelta sería una batalla entre Lima y las regiones como lo ha sido en otras experiencias electorales?
R.- Si uno mira el mapa electoral, Castillo ha ganado en gran parte del país y en los únicos lugares de Lima donde no ha ganado ha sido donde ha ganado López Aliaga que es la Lima oeste, ese casco duro donde también ganó PPK en el 2016. Yo creo que Lima no es el problema porque esta tensión entre Lima y regiones no es nueva. Lo vemos desde la independencia en donde hay un desplazamiento del poder político regional con los caudillos militares hacia la costa norte en 1860. En el apogeo del guano, se forma el Partido Civil que es oligárquico y gobierna hasta

después de la guerra con Chile y el único que lo detiene es otro outsider, Guillermo Billinghurst, que viene de Tarapacá, se hace alcalde de Lima y después toma la presidencia. Después, la mayor cantidad de presidentes han sido de Lima. Podemos ver que los presidentes democráticamente elegidos son de Lima y aquellos que han dado un golpe de Estado han sido de región. Castillo, en un nivel simbólico, le va a interesar eso; incluso habló en uno de sus mitin sobre “la toma de Lima” que ha servido para que lo terruqueen al compararlo con Sendero Luminoso. Hay un centralismo histórico que no sabemos corregir y que finalmente nos va a terminar ahogando y dejando sin posibilidades democráticas

P.- ¿Cómo evalúas nuestra cultura política en el contexto del bicentenario? ¿Cómo queda la promesa de la construcción de la nación, el proyecto republicano después de doscientos años en los que hemos atravesado infinidad de crisis políticas…
R.-Lamentablemente, la promesa de la vida republicana de Basadre, parece que en los últimos treinta años se ha concentrado en ver que no baje el dólar. Hemos reducido todo a la economía y a defender el modelo económico que hemos olvidado que ese modelo tiene que estar al servicio de la población no únicamente a nivel del PBI o la exportación. Un modelo económico que no redistribuye, que permite que la gente muera porque tiene que endeudarse en una clínica privada porque no hay servicios de salud pública adecuados para una pandemia, no puede ser posible. Necesitamos revisar los fundamentos en los cuales está sustentado este modelo económico, político y social porque la próxima vez ya no vamos a tener a un radical participando en política por vía electoral, sino que será por una vía autoritaria como ocurrió en los 70 y 80 con Sendero Luminoso.

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